Hay historias que se construyen de a poco, con paciencia y decisiones que pesan. Y hay otras que, sin perder ese proceso, parecen acelerarse de golpe. La de Delfina Lazcano tiene algo de ambas. Porque detrás de este presente brillante, con una medalla internacional colgando del cuello luego de consagrarse campeona Panamericana Jr. con las Leoncitas, hay años de formación en Tucumán, pero también un salto al vacío que terminó empujándola más cerca de su sueño.
La arquera tucumana acaba de escribir uno de los capítulos más importantes de su carrera: fue parte del plantel de Las Leoncitas que se consagró campeón invicto de la Copa Panamericana Junior disputada en Chile. En la final, Argentina superó a Estados Unidos por 3 a 1 y confirmó una supremacía que se construyó partido a partido, con autoridad y con una identidad muy clara.
El equipo dirigido por Juan Martín López no solo levantó el trofeo, sino que además dominó el torneo de principio a fin. La goleadora fue Chiara Ambrosini, con 16 tantos, en una campaña que dejó pocas dudas sobre el nivel del seleccionado. Además del título, el certamen otorgó tres plazas para el Mundial Junior: Argentina, Estados Unidos y Uruguay se quedaron con esos lugares.
El recorrido
Para Lazcano, sin embargo, todo tiene un valor aún más profundo. Porque su historia con el hockey empezó mucho antes de este logro. Tenía apenas cinco años cuando agarró por primera vez un stikck de hockey en Huirapuca, el club que respira en su familia. “Mi mamá y mi papá me llevaron a probar el deporte y a mí me encantó. Desde ese momento no me alejé nunca más”, recuerda.
Ese vínculo temprano con el hockey fue el punto de partida de un camino que no siempre fue lineal. Durante varios años alternó entre jugar en cancha y defender el arco. Recién a los 13, en Sub 14, tomó la decisión definitiva. “Después de varios partidos alternando, decidí ser arquera”, cuenta. Y desde ahí empezó a construir una identidad propia, una forma de leer el juego, de anticiparse, de sostener.
Cambio radical
Ese crecimiento la fue acercando a los procesos de selección. Las convocatorias empezaron a aparecer, primero como una ilusión lejana y luego como una realidad cada vez más concreta. Hasta que este año, con apenas un par de temporadas en la Primera de su club, tomó una decisión que marcaría un antes y un después: mudarse a Buenos Aires.
El cambio no fue menor. Dejó Tucumán, su casa, su entorno, su comodidad. Hoy defiende los colores del Buenos Aires Cricket & Rugby Club y atraviesa un proceso de adaptación que ella misma define como el mayor desafío de su carrera. Pero lejos de frenarla, ese contexto la empujó a crecer.
En ese marco llegó la Copa Panamericana Junior. Y con ella, la confirmación de que el esfuerzo empieza a dar frutos. “Es una locura. Ya el simple hecho de haber formado parte del plantel para disputar el torneo me parecía un sueño”, dice. Pero enseguida profundiza. No se queda en el resultado final, en la foto, en el título. Va más atrás, al proceso. “No fue solo ese partido para ganar el torneo, sino todo lo que hicimos antes. El equipo siempre buscó más, sabiendo que el límite nos lo poníamos nosotras”, dice.
Esa idea atraviesa todo su relato. La construcción colectiva, la exigencia interna, la convicción de que podían ir por más. Para Lazcano, el momento en el que entendió que podían ser campeonas no fue durante un partido, sino mucho antes. “Con todo el trabajo previo, con cada entrenamiento, dando más y persistiendo en ser mejores. La camiseta argentina demanda siempre más”, explica.
La final, como suele pasar, tuvo su propia historia. Fue un partido duro, trabajado, con tensión. Lazcano no estuvo dentro de la cancha en ese momento, pero lo vivió con la misma intensidad. “Las finales son duras siempre. Me tocó alentar y ayudar desde donde podía”, cuenta. Y rescata una escena puntual, casi íntima: el entretiempo.
“El partido estaba 1 a 1. Después de la charla del entrenador nos miramos entre todas y se sintió ese ‘vamos a ganarlo’. Salimos a insistir hasta que pudimos destrabarlo”, recuerda. Esa mirada compartida, ese gesto colectivo, explica mucho más que cualquier análisis táctico.
Cuando se le pregunta por un momento clave del torneo, sorprende con la respuesta: no elige uno. “Fue una mejora continua del equipo, que no se ponía techo y seguía buscando más”, reflexiona. Es, en definitiva, la síntesis de un grupo que se construyó desde la ambición.
Y ahí aparece otro de los pilares de esta historia: el grupo. “Fue un grupo humano muy lindo. Todas estábamos para todas y siempre nos tirábamos hacia adelante”, describe. En ese contexto, también destaca el aprendizaje constante, incluso dentro del plantel. Menciona a su compañera Mercedes “Mecha” Artola como una referencia cercana, alguien de quien pudo aprender durante el torneo.
Pero hay algo que atraviesa todo su recorrido y que no cambia con los logros: el lugar de Tucumán. “Es un honor y un privilegio representar a mi provincia y a mi país”, dice. Porque cada paso que da, cada avance, también lleva consigo ese origen.
En lo personal, reconoce un crecimiento claro en su juego. “Mejoré mucho la lectura a la hora de atajar”, explica. Esa capacidad de anticipación, de entender las jugadas antes de que sucedan, es una de las claves en el puesto. Y también una de las razones por las que empieza a consolidarse en estos niveles.
A pesar del título, del reconocimiento y de las expectativas que empiezan a generarse, su discurso se mantiene firme. “El foco está en seguir entrenando, en incorporar lo que aprendí y crecer de a poco”, enfatiza. No hay apuro, no hay ansiedad. Hay una idea clara de proceso.
En ese camino, la familia ocupa un lugar central. “Es lo más importante para mí. Sentir su apoyo es lo que me motiva a no rendirme”, asegura. Porque detrás de cada logro, también hay un sostén invisible que empuja en los momentos difíciles.
Cuando mira hacia adelante, no habla de metas grandilocuentes. No se pierde en proyecciones. Prefiere lo simple. “Disfrutar y seguir trabajando para mejorar, también con mi club”, puntualiza. Aunque sabe que este título puede ser un punto de partida. “Más allá del título, haber representado a la Argentina te motiva a pensar que pueden llegar más cosas. Pero siempre se vuelve a la base: trabajo, esfuerzo y constancia”, explica.
Quizás por eso, cuando tiene que definir este momento en una palabra, no duda: “Increíble”. Y lo explica desde el equipo. “Nunca bajamos los brazos y no tenemos límites. El título es una recompensa”, indica.
Antes de cerrar, deja un mensaje que resume su recorrido y también su mirada. “Que nunca dejen de insistir en lo que sueñan. Se puede si están dispuestas a dejar todo. No hay nada mejor que aquello con lo que soñás”, reflexiona.
Delfina Lazcano todavía está escribiendo su historia. Pero ya hay algo claro: no es solo una campeona. Es una jugadora que entendió que los sueños no se alcanzan de golpe, sino que se construyen. Y que, cuando llegan, siempre lo hacen de una manera inesperada.